AMOR Y MUERTE EN FLORENCIA by Sarah Dunant

AMOR Y MUERTE EN FLORENCIA by Sarah Dunant

Author:Sarah Dunant
Language: es
Format: mobi
Published: 2010-01-27T00:00:00+00:00


A los pies de la escalinata Erila y yo nos vimos rodeadas de mujeres divididas entre la piedad y la indignación por su exclusión. Reconocí a unas cuantas que mi madre habría considerado sus iguales, mujeres elegantes y pudientes. Al cabo de un rato un grupo de muchachos, de pelo corto y vestidos más como penitentes que como jóvenes, se acercó y empezó a empujarnos hacia el borde de la plaza. Me pareció que aprovechaban la excusa de su santidad para provocarnos y denigrarnos de una manera que antes nunca les habrían permitido.

—Por aquí. —Erila me cogió y me apartó hacia un lado—. Si nos quedamos aquí nunca entraremos.

—Pero ¿cómo vamos a entrar? Está todo lleno de guardias.

—Sí, pero no todas las puertas son para los ricos. Con suerte habrán elegidos matones menos severos para los pobres.

La seguí mientras nos alejábamos de la multitud y circundábamos la catedral hasta que encontramos una puerta donde la muchedumbre era menos espléndida pero avanzaba con tal fuerza que era imposible que los sacristanes de la entrada controlaran quién entraba. Mientras avanzábamos oímos un rumor creciente procedente del interior. Al parecer, Savonarola se había acercado al altar y de pronto la concurrencia se apretujó y avanzó más deprisa a la vez que las puertas de la catedral empezaban a cerrarse.

Una vez dentro, Erila me empujó rápidamente hacia el fondo de la iglesia, de modo que nos escabullimos en el espacio entre la segunda celosía y la pared de la iglesia. Un poco antes sin duda nos habrían visto; un poco más tarde no habríamos podido entrar. Dirigí una mirada furtiva hacia la masa de cuerpos y vi que no éramos las únicas mujeres que habíamos desafiado la prohibición, ya que poco después de empezar la misa se produjo una gran conmoción a mi izquierda y vi que sacaban con brutalidad a una anciana mientras los hombres le silbaban al pasar. Erila y yo agachamos la cabeza, replegándonos en la penumbra de la iglesia.

Llegado el momento del sermón, se hizo un silencio en toda la catedral mientras el pequeño fraile se acercaba al púlpito. Sería su primer sermón en público desde la formación del nuevo gobierno. Si bien no había ganado en estatura (aunque, para ser justos, he de añadir que desde donde estaba no pude verlo), era evidente que estaba poseído de una fuerza aún mayor. O a lo mejor era realmente la presencia de Dios. Hablaba de Él con tal familiaridad...

—Bienvenidos, hombres de Florencia. Hoy nos hemos reunido para algo importante. Igual que la Virgen se dirigió a Belén para esperar la llegada de nuestro Salvador, nuestra ciudad está dando los primeros pasos por la senda que la conducirá a la redención. Regocijaos, ciudadanos de Florencia, pues la luz está a vuestro alcance.

Un murmullo de aprobación recorrió la multitud.

—Ya se ha iniciado la travesía. Se ha botado la nave de la salvación. Estos días he estado con el Señor, pidiéndole consejos, rogándole indulgencia. Él no me ha dejado nunca, me ha acompañado día y noche, mientras me postraba ante Él en espera de sus órdenes.



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